7
7.- LA VERDAD LA HACEMOS NOSOTROS; LO OTRO ES MERA ILUSIÓN
04/04/26
Miguel, con la intención de demostrar lo mismo que ayer pero con casos que eran hechos reales, fue con el discípulo (el que más le amaba, Juan, al que lo consideraba el primer alumno), hasta Aldea Menor de modo de dar vueltas en forma de círculos, y de allí volvieron, esta vez de la forma más escrupulosamente rectilínea.
Ya, en un aposento del Cortijo, cerró las ventanas, a pleno día, y encendió la luz. Dijo que no era necesario mirar por la ventana ni salir al exterior, ni haber ido o vuelto de Aldea Menor, para saber que algo es verdad, preguntándole cuál es el desplazamiento más corto entre dos puntos, y cuánto sumaban nueve más siete, y qué era el teorema de Pitágoras, y si se podía hacer una plaza cuya circunferencia fuera perfectamente circular, y si sería capaz de hincar un puñal en una enorme diana que estuviera a doce metros, y si ganaría una carrera a un caracol, siempre y cuando él y el caracol estuviesen en todo momento moviéndose en sentido y dirección a la meta.
Juan respondió que el camino más corto entre dos puntos era el recto, a lo que su interrogador le expresó que para eso no hacía falta acordarse de los dos caminos que efectuaron a Aldea Mayor. Juan, además, afirmó, que para eso no hacía falta andar, o salir al EXTERIOR ni mirar por la ventana.
También se adelantó el discípulo cuándo, intuyó el sentido de otra pregunta, sosteniendo que nueve más siete suman dieciséis, no porque utilice manzanas para ello, y sin salir de esta pieza cerrada, ni que vea el mundo, porque del nueve en sí y del siete en sí, nada indican del dieciséis (pero esto se ve mejor si hablamos de larguísimas cantidades sumadas, que no podríamos siquiera andar contando con nuestros pasos).
Paró, y el maestro le expuso que recordaba que el padre de Juan tenía una finca agraria con dos lados iguales, 1Hm cada uno, y una diagonal que unía esos lados. Inmediatamente le advirtió al aprendiz que, no entendía cómo había podido pasar por ese camino diagonal de punta a punta, puesto que según el teorema de Pitágoras (y siempre que se dé la circunstancia de los dichos lados idénticos y de valor 1), el referido camino diagonal que los conecta sería igual a la suma de cada uno de esos dos lados elevado cada uno al cuadrado, lo que era igual que decir a la raíz cuadrada de uno al cuadrado más uno al cuadrado, es decir, la raíz cuadrada de dos. Esta raíz daba un número que no terminaba nunca, por lo que nunca pudo Juan atravesarlo desde su comienzo a su final.
Respecto a la plaza circular el alumno dijo intuir algo que le decía que no. M. Puente le mencionó el número que suena como Pi, y le indicó que era necesario usarlo, porque cuando se pretendía saber cuál era la longitud de una circunferencia, surgía por deducción ese número. Ahora bien, precisamente, este número no terminaba tampoco nunca, por lo que nunca terminaríamos de hacer la circunferencia de una plaza, y entraríamos como en un bucle, sin acabar jamás la faena.
Juan no contestó, pero respondió que, creía en ganar la carrera con el caracol, aunque le diera la ventaja de cincuenta metros y la meta estuviese a, por ejemplo, ochocientos metros. El filósofo: mas cuando tu llegues a los cincuenta metros, el caracol estará en el punto de cincuenta metros más un centímetro, y cuando tu llegues a cincuenta metros y un centímetro, el caracol estará en el lugar de cincuenta metros y un centímetro más, por ejemplo, repito, cincuenta metros y un centímetro más un milímetro dividido por cien. Tú, por muy veloz que seas, tendrás que pasar por todos y cada uno de los puntos que ha pasado el siempre móvil caracol (dijimos que siempre estaríais en movimiento).
Total, que perderías la carrera, y siendo muy diestro en clavar puñales, el puñal nunca llegaría a la diana, porque los 12 metros pueden dividirse por 2, o sea, 6 metros, y esos 6 metros también, es decir, 3 metros, y así, sucesivamente, nada impide dividir logrando un número infinito de partes, para lo que el puñal necesitaría un tiempo infinito, nunca llegaría.
El discípulo, entre el amor que le profesaba y un poco de intuición, calló, y no terminó de pensar, esperando, ante todo, la conclusión del profesor, que, fue ésta: en todos estos casos he mostrado que una cosa es la ILUSIÓN y otra muy distinta la VERDAD; he demostrado que la verdad está dentro de nosotros y la hacemos nosotros, mientras que eso que ocurre fuera, es una mera ilusión.
Comentarios
Publicar un comentario