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9.- EL YO O AUTOCONSCIENCIA NECESITA DE OTRA AUTOCONSCIENCIA PARA TENER CERTEZA DE QUE ELLA ES; PERO ES LA MISMA AUTOCONSCIENCIA QUE LA RECONOCE Y QUE ES RECONOCIDA POR ELLA
8-4-26
La autoconsciencia, que al negar todo lo de fuera o devorarlo, está, por ello, previamente inclinándose apeteciéndolo; mas como lo niega, solo se satisface con otra autoconsciencia, ya que ésta es ella misma. De hecho busca a la otra para tener certeza que es ELLA MISMA; ¿entendéis Juan y Tomás? Entenderéis que yo se que soy cierto si me veo a mi mismo en un espejo que estuviera vivo, si me veo en otro yo.
Aquí, Tomás, ya no existen cosas, la cosa es el yo y el yo es la cosa. Qué se os ocurre. Pues se nos ocurre que aquí, por primera vez es cuando da la cara el concepto de ESPÍRITU (el que se refleja en todo objeto o cosa, pero que es él, él mismo). El filósofo complementó: ¿y además qué muestra que aparece el espíritu? qué significa que yo soy el otro y el otro es el yo. Se le ocurrió, de los dos, a Juan: que el YO ES EL NOSOTROS, Y EL NOSOTROS ES EL YO.
Llegaron todos, y el llamado Mateo explicó algo que percibió estando despierto pero comenzando a dormir: cómo está cierta la autoconsciencia de que no es una demencia. Ese fue su inconsciente; Tomás expresó de inmediato que para ello, claro está, es tan claro como el día, que, para superar eso necesita la autoconsciencia para ser, que sea RECONOCIDA. Por eso corre a encontrar la otra, que también es reconocida; se reconocen reconociéndose mutuamente.
Llegué por allí, y redacté lo que decían. Mas se me ocurrió algo que no oí, y también lo plasmé en este libro. La consciencia durante miles de años, solo ha sido unas lentes, pero es con la autoconsciencia como se da cuenta, ella y ella misma o autoconsciencia, que es infinita porque crea con solo mirar, mientras que antes la sola consciencia creía que miraba lo creado. Cuando leyó Puente este párrafo me puso M H (matrícula de honor). Aprovechó ese momento, ahora que se había mencionado el nosotros que es el yo y el yo que es el nosotros, para revelarme un secreto sin interés. Como siempre he hecho constar mi nombre como M. Puente, me he dejado llamar como nosotros deseábamos, pero lo cierto es que la M es de MANUEL. Estuve siempre solo, en un orfanato, y solo me alegraba, no se porque, cuando, haciéndose el Belén, contemplaba los tres puentes de que constaba; no se por qué, pero me entusiasmaba, no me olvidaba de las tres obras sobre el río de plata. Por eso me dijeron puente, y con el apellido Puente me quedé.
Juan comentaba con Mateo, que al principio, el otro yo o autoconsciencia se encuentra fuera de ella misma, hasta que se reconocen. Yo te digo, Mateo, que no sabía quien era hasta que leí tus escritos. Por eso me dediqué a lo mismo que tú, te exigía lo que me exigía a mi mismo, y hacía lo mismo que tu hacías, y solo escribía si tú escribías, y, finalmente mi obra escrita es conmensurable con la tuya. Es la misma.
Yo el narrador, apunté una analogía que consistía en que pasaba lo mismo con dos autoconsciencias que con -lo que hablamos hace tiempo-, digo que pasa lo mismo que con las dos fuerzas opuestas o su juego de fuerzas, tensión donde se da la vida. Empero, no eran ni la una ni la otra, y eran la una y la otra, lo que quiere decir que eran la misma.
Quinientos años después, el profesor caminaba por el lado del juego de acequias inacabable, y junto a él, los discípulos y yo, cuando propuso que dos se pelearan. Si fuerais puros, o sea, autoconsciencias puras -ya he dicho que- negaríais el objeto y todo lo que no fuera autoconsciencia, negaríais los objetos (la vida) aunque entrárais en ella para ser reconocidos. Entonces la lucha sería A VIDA O MUERTE, pues solo con la muerte del otro, os consideraríais autoconsciencia, ya que ésta es única y total; o por lo menos solo podríais presumir de que sois autoconsciencia (la que ve que lo de fuera, lo vivo, no existe), solo os veríais como autoconsciencia, si os hubierais jugado, precisamente, la vida.
Mateo fue contundente en ese momento. Pero no por ello, se ha producido el mutuo reconocimiento. El filósofo dijo no, por señas, dándole la razón, y por señas vino a expresar que nos encontrábamos siguiendo las acequias, que no había saltado su agua a los bancales, que era cierto que, en ese momento, no se había producido el mutuo reconocimiento: uno solo vive su vida y el otro, reconociendo, aquí sí, a ese, vive solo para que el otro viva su vida. El primero es el SEÑOR, y, el segundo es el SIERVO, como decía Federico...Sí, Federico Hegel.
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