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LA MIRADA
1.- La vida de un hombre solamente es para una cosa, tomar consciencia que él es el espíritu de todo
Miguel Puente pretendía escribir un ensayo donde acredita que, el hombre, no solo era una parte de Dios, sino Dios completo; el único Dios. Para ello contaba con haber descartado todas las teorías, por insuficientes o absurdas, quedándose con la única donde encajaba todo.
Sabía que la energía no se crea ni se destruye, solo se transforma; por tanto, también era infinita y, todo era energía. Conocía que, la energía, en una de sus transformaciones podía convertirse en energía intelectualizada (prueba de que la energía puede ser intelectualizada eran los estudiantes de exámenes, faltos de glucosa).
La energía se intelectualizó en el momento hombre o lenguaje y, a partir de ahí, pudo tomar consciencia de ella misma. Asimismo pudo ser consciente de lo que creaba transformándose. De ahí, que el término Dios -por otra parte sin significado concreto- no era sino espíritu, esa energía intelectualizada con consciencia de sí misma, una y el todo. Y, insisto, esa energía se intelectualizó con el lenguaje o ser humano. Solo faltaba que el humano, tomara consciencia de que era esa energía total para poder ejercer la omnisciencia, la omnipresencia y la omnipotencia.
La Historia Universal no era sino ese espíritu intentando tomar consciencia de sí mismo. Mas en la actualidad, al haber llegado la ciencia a cotas superables mínimamente, la vida de un hombre valía para lograr su autorreconocimiento como espíritu total, es más, la vida de un hombre era solo para eso. Porque qué sentido tenía una vida en cuyo balance gana la infelicidad y que, habiendo avanzado tu proyecto de muchos años, tienes el cincuenta por ciento de morir en cada segundo del día. Y qué sentido es una vida donde no sabemos el origen ni su finalidad salvo que tomemos conciencia de ser ese espíritu infinito.
En cualquier caso, el sabor no está en el chocolate, ni su color marrón obscuro; los hago yo con mis papilas gustativas y mi retina; y su olor, y cuando estoy acatarrado, pasa como el sabor, varían hasta el punto que no saboreo ni huelo casi nada. El sonido de las cosas también lo creo yo, mediante mi tímpano, y el tacto también, y cuando me han anestesiado una mano, la tengo embotada, no toco nada.
[SEGUIRÉ, todavía en este CAPÍTULO 1]

 

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