1a
[Sigo en el 1, y lo termino, aportando al principio, a efectos de no equivocarse en seguirlo, el último párrafo de dicho capítulo en el día de ayer]
20/02/2026
[En cualquier caso, el sabor no está en el chocolate, ni su color marrón obscuro; los hago yo con mis papilas gustativas y mi retina; y su olor, y cuando estoy acatarrado, pasa como el sabor, varían hasta el punto que no saboreo ni huelo casi nada. El sonido de las cosas también lo creo yo, mediante mi tímpano, y el tacto también, y cuando me han anestesiado una mano, la tengo embotada, no toco nada.]
[Sigo en 1, y lo termino]
21/02/2026
Mas el Sr. Puente conocía que, con los cinco sentidos, no era suficiente para describir la cosa, porque transmitían una multitud de colores y sonidos...que no se podían considerar formas, y no se podía determinar dónde termina una alfombra y seguía el resto del suelo, a no ser que se dispusiera previamente, del concepto de alfombra y del concepto de resto de suelo. Por tanto, los conceptos eran anteriores a los sentidos, que solo motivaban el concepto, previo, aportando estos sentidos poca información.
El niño y cualquier animal disponían del concepto, no de su nombre o lenguaje. Era por ello que el niño esperaba que nombre le pondrían al concepto que ya conocía de antemano, pues por mucho que supiera solo el nombre, y por más que actuaran los sentidos, no podría saber de qué objeto o cosa se trataba.
Don Miguel Puente no salía de su asombro con el Realismo o Materialismo o Empirismo, ya que, antes de comenzar ya estaban muertos, puesto que esos sistemas no podían aportar nada si no disponían ya del concepto, aludiendo equivocadamente que lo que buscaban eran los conceptos. Y la ciencia, derivada de aquellos métodos, desconocía que partían de conceptos y llegaban a conceptos, lo que era incompatible con que, en ese camino, hallaran un puente, nunca mejor dicho, material, de piedra.
Tal vez el sentido del tacto era el que más preocupaba al pensador Puente, ya que, ante un muro macizo de piedras grandes, notaba una resistencia del muro, y no lo podía traspasar. La solución estribaba en el sujeto, que podía ser un insecto, un niño de dos años, un hombre adulto, o, y aquí se despejaba el asunto, un animal muchísimo más fuerte que el hombre, y que destruiría el muro, traspasándolo.
Además, Ockham (un monje franciscano) dio lugar a un medio llamado la Navaja de Ockham, lo que significaba que a la realidad verdadera o a la verdad, le repugnaba que, algo que se podía crear por medio de, dos pasos, se invirtieran tres pasos. Así, el tacto que toca la piel rugosa de un elefante, era, precisamente el tacto, con lo que, solo a un espíritu loco, se le ocurriría multiplicar los pasos de forma innecesaria. En consecuencia, el pensador, se quedaba con lo único que podia asegurar: su tacto.
Un día, pasó veinte metros por delante de Don Miguel, un perro de raza Bedlington, que, como es sabido, en alguna circunstancia como aquella, parece más una cierta oveja que un perro; pero él supo que era, claramente, un perro, porque disponía
[Fin del Capítulo 1 de la obra LA MIRADA]
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